Talento joven: la vacuna para la recuperación post Covid

El próximo 12 de agosto es el Día Internacional de la Juventud, segunda celebración en tiempos de pandemia. Aunque ya vemos alguna luz al final del túnel, y los datos de empleo de los últimos meses apuntan al colectivo joven como el que más crece en ocupación y reducción del desempleo, el riesgo de espejismo está latente.

El virus del paro

Es incuestionable que nuestros jóvenes se encuentran entre los que más están sufriendo las consecuencias sociales y económicas de la pandemia, y los últimos datos de la EPA muestran un desempleo juvenil cercano ya al 40%.

En efecto, la pasada primavera España obtuvo la medalla de oro del desempleo juvenil en la Unión Europea, desbancando a Grecia del podio, y alcanzando una tasa de paro juvenil más del doble de la media del continente. Las secuelas de esta crisis afectarán a los jóvenes durante los próximos años: corremos el riesgo de convertirlos en una «generación perdida«, caracterizada por la interrupción de los programas educativos, la pérdida de puestos de trabajo, la quiebra de empresas y el colapso de sus ingresos.

Pero este virus del paro juvenil también arrastra otra sintomatología igual de indeseable, cual es la inaceptable temporalidad en la contratación, y la insostenible senda negativa de los ingresos salariales, siendo ya en 2019 la media del salario real de nuestros jóvenes menor que en 1980.

Si nos preguntamos por qué el paro juvenil es un problema estructural en España y no en otros países de nuestro entorno, parece que tiene que ver con el ajuste entre oferta y demanda en los primeros años de empleo y en ocasiones con bolsas de desempleados jóvenes con bajos niveles de estudios, o con estudios poco demandados por las empleadoras.

En España se agrava esta situación por la polarización a la que lleva la rigidez de nuestra normativa y el coste del despido. A medida que avanza nuestra vida laboral, los multiplicadores salario y antigüedad elevan el coste del despido exponencialmente, mientras que a los más jóvenes y con menores salarios les sitúa en una situación de mayor vulnerabilidad ante el despido y la rotación laboral indeseada.

¿No es país para jóvenes?

Lejos de caer en la desesperanza, y haciendo oídos sordos a los que vaticinan una huida de nuestro talento, la crisis económica derivada de la pandemia ha de servirnos de acicate para trabajar aún con más intensidad en la mejora de las capacidades y competencias de nuestros jóvenes, respondiendo a las exigencias y a las necesidades del mercado laboral para reforzar sus oportunidades en un momento de profundo cambio y transformación de nuestra economía.

El diagnóstico lo conocemos: el exceso de temporalidad en nuestro país, y en los jóvenes en particular, tiene que ver con el coste del despido, con la sobrerrepresentación del empleo joven en sectores con mayor estacionalidad, también con culturas e inercias a favor de una temporalidad no siempre justificada, y con una inercia legislativa que a través de múltiples tipos de contratos y complejos sistemas de bonificaciones ha generado una inseguridad jurídica que se traduce en la consolidación de prácticas de contratación  irregulares.

Viejas cepas, nuevas soluciones

Para reconducir el problema, parece que hay varias áreas de trabajo que reiteradamente se desatienden y que podríamos resumir en la necesidad de implantar políticas activas de empleo medibles y evaluables, y basadas en la colaboración público-privada, en el empleo y en la formación. Hacen falta todas las manos posibles porque los retos son inmensos.

Se debería crear un modelo de cualificación y formación continuas, alineado con lo que demandan empresas y empleadoras, incentivando la búsqueda activa de empleo y mejorando las pésimas transiciones entre la educación y el empleo, atendiendo a quienes abandonaron tempranamente la educación, pero también a quienes escogieron un camino inapropiado en las siguientes etapas. No podemos tampoco olvidarnos de la salvar la brecha entre el mundo docente y las necesidades reales de las empresas.

También hay que garantizar ayudas y prestaciones a los colectivos realmente en situación de vulnerabilidad; y facilitar un mercado de trabajo flexible, que ayude al emprendimiento, la inversión y la generación de empleo. Estas políticas generan empleos de calidad, en base a una mayor cualificación, más estables y también la oportunidad de una rotación deseada entre sectores, lo que potencia la adaptabilidad y los incrementos salariales.

La formación profesional a lo largo de la vida no nos quepa duda de que será indispensable. Pero nuestro modelo de formación tiene deberes pendientes, y tenemos un poco de lo mejor y lo peor de nuestro entorno. Nuestra tasa de abandono escolar asciende al 16% y es la más alta de Europa, y el porcentaje de población española de 30 a 34 años que en 2020 disponía de un título universitario era del 44,8%, casi cinco puntos por encima de la media europea, pero estamos a la cola en titulados en formación profesional de grado superior, el nivel formativo con mayor empleabilidad.

La necesidad de las competencias digitales, el imprescindible reequilibrio en la presencia de nuestros jóvenes en grados universitarios y formación profesional, la potenciación de la formación superior frente a los niveles más básicos, debe urgirnos a poner el foco en los resultados y confiar en la colaboración púbico-privada, entre entidades formativas y empresas, para que nuestro talento sea la punta de lanza de la competitividad de nuestra economía y de la salida de la crisis.

Pensemos en que cerca del 70% de los fondos de la Unión Europea ligados a la recuperación económica están destinados a impulsar los proyectos de digitalización en España.

El horizonte de la post pandemia

Lo que sí parece necesario es hacer partícipes a los jóvenes sobre cómo debería ser el futuro del trabajo post Covid. Ellos son los protagonistas y la esperanza del futuro de nuestra sociedad.

Los vientos cálidos del empleo vinculado a la estacionalidad veraniega, ni los buenos deseos por sí solos son suficientes para devolver tanto de lo que debemos a nuestros jóvenes, y mucho menos un triunfalismo injustificado y extemporáneo en medio de una tormenta aún muy cerca de nosotros.

Los deudores de las soluciones somos las empleadoras y los poderes públicos. Merece la pena recordar, para evitar malas tentaciones, que el Plan de Garantía Juvenil que se puso en funcionamiento en 2014 ya nos supuso, como país, un primer suspenso en la primera evaluación de la Comisión Europea en 2016. Cinco años después deberíamos preguntarnos si los proyectos normativos sobre empleo, políticas activas y garantía juvenil en curso son “más de lo mismo”, cuando la urgencia es extraordinaria y no podemos castigar a nuestros jóvenes con más ensayos condenados a un nuevo fracaso.

Los retos del futuro que deseamos también deben partir desde la decisión y el compromiso individual de nuestros jóvenes: entrenar la resiliencia y la adaptación, donde ellos lideren el diseño de su propia carrera, teniendo una actitud abierta a cambios para sacar lo más positivo de cada persona y cada situación. Se debe incentivar una permanente motivación por el aprendizaje y la recualificación, y tratar también de proyectar la identidad laboral propia: tener un ADN propio en términos profesionales.

Pero también debemos poner en valor el emprendimiento y el empoderamiento, el futuro pertenece a los jóvenes y ya se crea más empleo por cuenta propia que por cuenta ajena, pero aún gran parte del emprendimiento se queda en los seniors, muchos de ellos forzados como salida al paro de larga duración.

Tenemos muchos retos de crecimiento intergeneracional, y para ello necesitamos a las promociones de jóvenes mejor preparadas de nuestro entorno y nuestra historia. Aumentar la vida laboral de millones de personas no sólo no hará más difícil encontrar trabajo a nuestros jóvenes, sino que ayudará a hacer más grande la tarta de nuestra economía.

Es el momento de responder a los desafíos, de crear nuevas oportunidades y de que los jóvenes se conviertan en el motor de una nueva sociedad. No es momento de mirar hacia atrás sino hacia adelante, con la misma ilusión con la que millones de nuestros jóvenes empiezan su primer contrato de trabajo, sus primeras prácticas, su primer día en clase de secundaria o en la Universidad.  Gracias por vuestra ilusión y feliz Día Internacional de la Juventud.


  Javier Blasco de Luna
  Director, The Adecco Group Institute

 

 

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